lunes, 8 de diciembre de 2008

NAAMA - MEMORIA DEL SILENCIO

[Noé es un hombre conocido en la historia pero ¿cómo se llamaba su mujer?]

Hoy quiero compartir dos cuentos. Son unos cuentos especiales, profundos y tiernos para mí. Son unos cuentos para rescatar el silencio. Es la forma que tengo de ceder este espacio y el protagonismo a tantas y tantas personas, animales, palabras y hechos – anónim@s o no – que han sido olvidad@s o incluso nunca conocid@s. Hoy quiero dejar hablar a otros. Hoy quiero dejar hablar a los que saben escribir mucho mejor que yo. Hoy quiero rendir mi homenaje paradójica y parabólicamente silencioso a tantas mujeres y hombres, a tantas palabras, a tantos animales, a tantos hechos anónimos frecuentemente olvidados y/o silenciados consciente o inconscientemente con el tiempo. Paradójicamente porque, estando yo callada y cediendo el espacio a estos dos escritores, de alguna manera hablo y rompo el silencio. Parabólicamente porque me permito la licencia de extender el mensaje de estos cuentos al resto de los silencios. Es como siento que quiero empezar a cerrar el año. Quiero recordar a la mujer de Noé. Quiero recordar a l@s que nunca nadie recuerda: a las palabras olvidadas, a las personas y animales maltratad@s, a l@s asesinad@s, a l@s que no tienen qué comer, a l@s que, por una caprichosa CASUALIDAD del destino, les ha tocado o les tocó nacer inocentemente en un sitio y en una época donde no han tenido o no tienen cubiertas siquiera las necesidades básicas diarias, donde su vida no tiene el mismo valor que la nuestra, y donde puede que no tengan derecho a techo, a educación ni a una sanidad. Es simplemente lo que siento que hoy quiero hacer.

[Por cierto, no hay ninguna seguridad, pero en el Midrash (libro de eruditos judíos muy antiguo), hay escrito un probable nombre de la mujer de Noé: Naama].

1.- “Este cuento cuenta la historia de un monasterio en plena Edad Media. Una isla de paz en un lugar azotado por las guerras y los conflictos entre los señores feudales. En él viven poco más de una docena de monjes con sus túnicas marrones y una especia de bonete en la cabeza, también marrón. Los monjes trabajan en un huerto. No hablan entre sí sino por señas porque todos han hecho voto de silencio. Sus actividades están rigurosamente regidas por el sol. Después de un frugal almuerzo, a media mañana, los monjes se dirigen ordenadamente al scriptorium: una sala rectangular en el segundo piso rodeada de altos armarios de madera repletos de libros. Los monjes, siempre en silencio, escriben palabras en pedazos de pergaminos. Llevan siglos haciéndolo. Generaciones y generaciones de monjes silenciosos entregados a guardar y proteger las palabras. Todas las palabras que después ordenan amorosamente en pequeños archivadores de madera. Allí se resuelve la memoria de todo lo nombrado: lo visible y lo invisible, lo material y lo espiritual. Y ese es su único objetivo: guardar las palabras, preservarlas del olvido, porque – afirman – en las palabras se encuentra la certidumbre. Los objetos, los sentimientos comienzan solo a ser conocidos en el momento en que somos capaces de nombrarlos. Sin palabras no hay nada. Nombrar las cosas permite poseerlas…y eso inquietaba a los poderosos que veían en los monjes a unos extraños hechiceros dotados del poder, de la magia de las palabras.

Un día acude al monasterio un grupo de forasteros perseguidos por una partida de soldados. Desmontan y se acercan a la puerta abierta de par en par. El abad los recibe en silencio. Le apartan de un violento empujón. Toman las celdas a la fuerza rompiendo y destrozando todo aquello que se les interpone. Apresan a los fugitivos. Uno de los soldados prende al abad y lo abofetea. Otro prende una tea y la arroja por una de las ventanas del piso inferior, y los demás se animan arrojando más y más teas. Algunas se estrellan contra los muros pero otras rompen cristales, vidrieras…A los pocos minutos de las ventanas empiezan a salir unas rojas lenguas de fuego que despiden un humo negro y compacto. Los soldados se marchan con los fugitivos.

El cuento acaba con el abad y los monjes tiznados de ceniza los rostros, las manos y las túnicas, viendo desde el huerto, impotentes, como el monasterio entero arde pasto de las llamas. Y el abad rompe entonces a llorar. Y las lágrimas le surcan el negro rostro por el humo. Llora porque Europa entera está en guerra, llora por los fugitivos condenados a una muerte segura, y llora, sobre todo, porque el fuego está destruyendo las palabras, las comunes y las olvidadas, y porque ellos han hecho un voto de silencio que les impide pronunciarlas”.
(Este cuento está atribuido a Umberto Eco).

2.- SE ACABÓ LA RABIA (Mario Benedetti-1956):
“Aunque la pierna del hombre apenas se movía, Fido, debajo de la mesa, apreciaba grandemente esa caricia en los alrededores del hocico. Hacía dos años que Fido se había convertido en perro de apartamento, No pertenecía a ninguna raza definida, pero era un animal disciplinado. Sabía además aguantarse sobre dos patas hasta que su amo decía que descansara, traer el diario en la boca todas las mañanas, ladrar cuando tocaba y servir de felpudo a su señor cuando volvía de trabajar. Pasaba la mayor parte del día en un rincón del comedor o sobre las baldosas del cuarto de baño. No molestaba. No sentía un gran afecto hacia la mujer pero como era ella quien se preocupaba de la comida y de renovarle el agua, Fido le lamia las manos de vez en cuando. Los grandes momentos del día eran sin duda las dos comidas, el paseo diurético por la vereda y, especialmente, ese ratito después de la cena, cuando el hombre y la mujer charlaban y él sentía el roce afectuoso de los pantalones de franela.

Esta noche Fido estaba inquieto, el pasado inmediato pesaba sobre él. Una serie de imágenes se habían acumulado en sus ojitos llorosos. Una tarde en que estaba durmiendo su siesta en las baldosas del cuarto de baño, la mujer llegó acompañada del otro. No le gustaron ni su voz ni su falsete, ni el tacto de sus cortantes pantalones, ni su antipático olor. Primero solo hablaron pero poco a poco iba apareciendo con más frecuencia. Nunca pasaban al dormitorio pero en el sofá hacían cosas que a Fido le traían violentas nostalgias de las perritas de cierta charca en que transcurrió su cachorrez.

Una tarde, quien sabe por qué, volvieron a notar su presencia, y eso que Fido los dejaba tranquilos ahí quieto en su rincón. Fue la mujer, y era natural porque con el tipo no tenía nada en común. Acaso ella tenía especial conciencia de que el perro existía, de que estaba presente. Fido no tenía nada que reprocharle, mejor dicho, no sabía que tenía que reprocharle nada, pero estaba ahí, en el baño o en el comedor, mirando. Y, bajo esa mirada, la mujer acabó por sentirse inquieta, violenta, y no tardó en ser atrapada por un odio intenso, insoportable. Fido notó que ella lo trataba con rencor, con rabia.

Hacía un día, dos, tres (un perro no controla el tiempo), el otro había tenido que irse con apuro y había dejado olvidada la cigarrera; una cosa linda, dorada, muy dura sobre el living. La mujer la había guardado también con apuro (¿porqué?) bajo una cortina de la despensa. Allí, no bien estuvo solo, fue Fido a olfatearla. Aquello tenía el olor desagradable del tipo.

La pierna de su amo no se movió más. Fido se despertó de todos esos recuerdos y entendió que hoy los mimos habían concluido. Perezosamente estiró las patas y se levantó. Lamió todavía un trocito de tobillo que estaba al descubierto y, después de una caricia del amo, se fue, con paso lento y reumático, a su rincón tranquilo.

Sucedió entonces algo inesperado. Empezaron a hablar primero tranquilos, luego a gritos. De pronto la mujer se calló, cogió su abrigo y, sin que el hombre hiciera ningún ademán para impedirlo, salió a la calle dando un portazo tan violento que el perro no tuvo más remedio que ladrar. El hombre quedó nervioso, concentrado. A Fido se le ocurrió que ese era el momento. Nada de venganza, en realidad él no sabía qué era eso. El hombre estaba tan ensimismado que no advirtió enseguida que el perro le tiraba de los pantalones. Tuvo que recurrir a tres cortos ladridos. El hombre, después de vacilar, lo siguió con cierta desgana. No fue muy lejos, hasta la despensa. Cuando el perro apartó la cortina, el hombre se agachó a coger la cigarrera. En realidad Fido no esperaba nada. Para él su hallazgo no tenía más importancia. De forma que cuando el hombre dio aquel bárbaro puñetazo contra la pared y se puso a gritar y a llorar, no pudo menos que, asustado, retroceder ante la conmoción que provocara su acción. Se quedó en silencio pegado al marco de la puerta, y, desde allí, observó como el hombre, con los dientes apretados, gritaba y gemía. Entonces decidió acercarse y lamerlo con ternura, como era su deber.

El hombre levantó la cabeza y vio aquel rabo movedizo, aquel cargoso, aquel testigo que venía a compadecerlo. Todavía Fido jadeó satisfecho, mostrando la lengua húmeda y oscura. Después de acabó. Era viejo, era fiel, era confiado. Tres pobres razones que le impidieron asombrarse cuando el puntapié le reventó el hocico”.

4 comentarios:

Celia dijo...

Me gusta.... alguien decía en alguna de mis clases creo que era Esteban Serra (escritor de ¿Y si no fuera un cuento?, profesor de Negociación y mil cosas más... menos qde las que el quisiera...) que tienes que detenerte a pensar en la fuerza de lo dices, y yo me atrevería a asegurar que tambien hay que hacerlo con los escritos que lees...

Un beso y Merci!!

Vivir es una casualidad dijo...

Hola Celia! :-) La fuerza de las palabras es increible, en efecto, y pocas veces se la reconocemos cuando las pronunciamos. Si además esas palabras quedan escritas o grabadas de alguna manera que no sea transmisión oral pura, su poder se multiplica porque podemos releerlas tantas veces como queramos...mira si pueden llegar a tener fuerza los escritos que leemos.
Un besote y gracias a tí.

Lur dijo...

1. No te parece paradójico el cuento? Si, “sin las palabras no hay nada” como se puede construir la verdad o la mentira?? Pero si además, las palabras son las protagonistas de ese diálogo tan necesario para construir la pluralidad o no de nuestro mundo como se explica que se pueda carecer de ellas?? Asimismo, como podemos obviar y borrar del mapa todas aquellas palabras que sustentan la tradición oral de tantos y tantos pueblos en el mundo? Ah! Y, como podemos refutar las ideas; opiniones; proposiciones; etc del prójimo cuando éstas no comulgan con las nuestras si no es con las palabras?? Creo que podría seguir por esta línea hasta la saciedad aunque estimo que no es necesario para entender a lo que quiero referirme, así que solo me falta por decir : CUAL ES LA NECESIDAD O EL SENTIDO DE VIVIR BAJO UN VOTO DE SILENCIO? De que sirve almacenar palabras si no somos capaces de usarlas para sustentar nuestros propios argumentos??
PD:Ojo!! Que hay muchas veces que mejor se está calladito ;), pero ya sabes a lo que me refiero

2.Simplemente atino a decir: siempre la pagamos con quienes menos culpa tiene! Aprendamos a ser más pacientes con aquellos que nos brindan su apoyo y confianza de forma desinteresada porque suelen ser aquellos que nos quieren y se preocupan por nosotr@s, da igual si se trata de nuestras mascotas, familia o amistades, pero por favor, contemos hasta 3 antes de llevar a cabo cualquier acción7reacción de la que seguro más tarde nos arrepentiremos!  

Vivir es una casualidad dijo...

Hola Lur ;-) ¿Como va esa lectura en diagonal? :-))))) ¡¡Gracias por tragarte tanto post de golpe!!
Este post va en relación a la idea, que desarrollo en el último post, del silencio meditado...las palabras han sido el motor del desarrollo - entre otros muchos motores, estoy de acuerdo. Los que saben de eso tienen bastante claro que, para lo bueno y para lo malo, el desarrollo de las palabras ha permitido transmitir los conocimientos - también las mentiras, es verdad. Este año con la asignatura antropología del lenguaje espero aprender muchísimo más sobre este tema (la que te espera si te voy contando jeje). "Lenguaje y silencio" de Steiner...maravilloso libro sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano....genial para este post que has leído :-) No hay sentido para vivir bajo un voto de silencio, sólo es un cuento que me gusta y que me vino bien para ilutrar metafóricamente el tema de este post.
Eso es, la persona más cercana es sobre la que solemos descargar nuestra ira y/o fustración...silencio meditado, de nuevo, y pensemos antes de hablar o actuar, por favor.
Otro beso.